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Érase una vez en una pequeña y encantadora región mediterránea, aspirante a ser una república independiente, que un chiquilín gigante se convertía en el mejor jugador del mundo gracias a su talento, técnica y creatividad, al tiempo que el equipo de pigmeos en el que jugaba se convertía en el más grande de la historia.

¿Recuerdan lo que hizo ese Barcelona de ensueño de Pep Guardiola, con Lionel Messi como su gran figura en el terreno de juego, rodeado por otros gigantescos genios liliputienses como Xavi e Iniesta y liderado por el mariscal Carles Puyol?

En ese entonces, el Barcelona de Guardiola y Messi (2008-2012) ganó en una misma temporada todo lo que se podía ganar –el famoso “sextete”-, algo que ningún otro club había ni ha hecho: Liga española, Copa del Rey, Supercopa de España, Liga de Campeones, Supercopa de Europa y Mundial de Clubes. No ganó más porque no había más torneos para ganar. Si los hubiera habido también los habría ganado.

¿Estamos ante el fin de un ciclo, del ciclo futbolístico más rutilante de la historia del fútbol? Messi, el mejor jugador del mundo, le debe todo al Barcelona, y el Barcelona, el mejor equipo de la historia, le debe todo a Messi. Parecen hechos el uno para el otro, como una pareja indisoluble. Lo que el dios del fútbol une que no lo separe el hombre. Un dios que es redondo, como dice Juan Villoro, redondo como el mundo, redondo como el balón que Messi maneja como nadie.

En estos días y semanas y meses y… he disfrutado de grandes novelas como el “Decamerón”, de Giovanni Boccaccio; “La peste”, de Albert Camus, y “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco, y he padecido el novelón de Messi y el Barcelona, que podríamos titular, si me lo permiten, con una pregunta: ¿Es eterno el amor? Una historia de amores y odios, de rotundos triunfos y resonantes fracasos -más lo primero que lo segundo-, de épica, poesía, arte y desamor. Todo un “bestseller” para la jauría hambrienta de escándalo, odio y violencia en las redes sociales.

Todos los personajes de esta novela negra han fungido de antihéroes: el presidente del Barcelona, Josep Maria Bartomeu, quien debería renunciar llevándose consigo la tula de sus enormes fracasos en materia deportiva, financiera, administrativa y de contrataciones; la junta directiva, su alcahueta; la gerencia y dirección deportiva, que ha hecho en los últimos años pésimas contrataciones pagando cifras astronómicas por jugadores como Dembelé, Coutinho y Griezmann que sólo han aportado una mayor frustración al equipo; el técnico Quique Setién, mi amigo “el Ajedrecista”, quien no supo descifrar la partida que le planteó el Bayern Múnich en la Liga de Campeones (2-8) ni la simultánea que tuvo que sufrir en la cotidianidad de los entrenamientos con un plantel veterano, desgastado, abúlico y aburguesado; La Masía, la cantera donde se formaron estrellas como Messi, Xavi, Iniesta, Busquets y Puyol y que en los últimos años no ha producido un solo futbolista que se les parezca, con excepción quizás de Ansu Fati y Richi Puig; la plantilla de jugadores, veterana, desgastada, abúlica y aburguesada, que creyó que por obra y gracia de la inercia histórica iba a seguir ganándolo todo sin compromiso, entusiasmo y sacrificio personal, y la prensa catalana, que fue complaciente con los repetidos fracasos del club a todo nivel. Y Messi, el protagonista, el gran héroe de nuestra historia, también se equivocó y por momentos se convirtió en antihéroe. No manejó bien la gravísima y patética crisis, y estuvo mal asesorado por sus abogados y su gente cercana. Debió ser claro desde el comienzo, de cara al público, a la historia y a la afición que lo idolatra, con la que también se deben todo mutuamente. Tal vez no debió comunicar al club a través de un frío e impersonal burofax su decisión de querer dejar el equipo, aunque estaba en su derecho. Tal vez…

Pero, aunque se hubiera ido -afortunadamente se quedó-, con Messi sólo nos queda el agradecimiento eterno por hacernos tantas veces felices en compañía de sus geniales amigos liliputienses. Tengo amigos culés que guardan como un tesoro la colección de partidos y victorias sublimes del mejor Barca de todos los tiempos. Algunos de ellos dicen que en tiempos difíciles les sirve más ver al equipo de Messi-Guardiola que ir al psiquiatra.

El chino Lang Lang, el mejor pianista del planeta, compara a Messi con Mozart por su genialidad y creatividad. Por eso yo comparaba en RCN Clásica el juego del Barcelona de Messi con uno de los conciertos del genio precoz de Salzburgo o con una de las sinfonías del maestro Beethoven. Si París tiene el Museo del Louvre con la Mona Lisa de Da Vinci y Madrid tiene el Museo del Prado con Las meninas de Velázquez, Barcelona -además de los de Picasso y Miró- tiene el Museo del Camp Nou con el Messi de La Masía y el fútbol.

De Messi, el mejor jugador del mundo y uno de los dos más grandes de la historia, han hablado mal desde los argentinos hasta los hinchas del Real Madrid, que ha sido víctima muchas veces de su fútbol y sus goles. Desde periodistas sesgados y maledicentes hasta algunos rivales y técnicos impotentes ante su magia. Y últimamente incluso algunos hinchas del Barcelona que lo culpan de la derrota humillante ante el Bayern Múnich en la Liga de Campeones y de la crisis del equipo y que piden su salida. Con Messi yo sólo tengo agradecimiento y admiración, así como la deberían tener todos los hinchas del buen fútbol sin importar camisetas ni nacionalidades. 

Pero dejémonos de palabras y pongámosle algo de números a la maratónica carrera de Messi con el Barcelona como para llamar la atención de los más escépticos: seis balones de oro, seis botas de oro, siete pichichis de la Liga española, nueve veces el mejor jugador de la Liga, seis veces goleador de la Liga de Campeones, máximo goleador histórico del Barcelona, máximo goleador histórico de la Liga española, máximo goleador del siglo XXI, Récord Guiness goleador en un año (91 goles), 704 goles en total y 36 títulos. Se dice fácil, pero lo difícil y grandioso que ha sido conseguirlo. Todo un fenómeno inconmensurable.

Aún no sabemos si esta historia, si este novelón va a tener un final definitivamente feliz. La obra queda abierta a su desarrollo ulterior, a su epílogo y a la interpretación del público, según el decir de Umberto Eco sobre las grandes obras de la literatura y el arte. Por ahora sólo sabemos que Messi se queda en el Barcelona. Eso es bueno, como lo subraya la inteligente simpleza del nuevo técnico, el holandés Ronald Koeman: “Messi es el mejor jugador del mundo, y al mejor jugador del mundo quieres tenerlo en tu equipo, no en el rival”.

No sé ustedes: yo confío en seguir viendo el arte de su fútbol, sus asistencias, su técnica, su gambeta, su velocidad con el balón pegado al pie, sus tiros libres, sus goles, su sencillez pese a su grandeza. Todo esto al servicio de la casa que lo acogió en la niñez cuando había sido rechazado por equipos de su propio país, Argentina, por su aparente fragilidad y baja estatura y por sus “problemas de crecimiento”. Un enano gigante. Que lo que el dios del fútbol une que no lo separe el hombre; al menos por ahora. Ha comenzado la temporada de la Liga de España y tal vez el último capítulo y la conclusión de este novelón. Ya sabremos si son una pareja indisoluble. Ahí nos queda el suspenso. Todas las miradas están puestas en esta interminable historia de amor y odio. Como dice la prensa digital, noticia en desarrollo... 

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